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Published On: Tue, Dec 20th, 2016

La consulta psicológica más corta de mi vida

Llegó una pareja. Marido y mujer. Su primera consulta conmigo. Estaba cansada (era mi 5ta. consulta), hambrienta y, por algún motivo, tranquila e imperturbable.

— ¡Es mi primera vez con un psicólogo! -dice molesto el hombre. Con todo su aspecto quería decir “¿Qué rayos estoy haciendo aquí?”- ¡Mi esposa me convenció!
— ¿Y luego?
— ¿¿Y luego qué?? Tenemos un hijo. ¡Es un idiota! -se enojó el hombre-.
— Idiota es un diagnóstico psiquiátrico -le respondo con cansancio- ¿Su hijo es idiota en ese sentido?

El hombre me miró como si fuera una inútil total. Luego miró a su esposa con una pregunta en su mirada: “¿¿Por qué me trajiste con esta tipa rara??”.

La mujer se encogió en el borde de una silla, desviando la vista. Tenía sus manos escondidas entre las rodillas. El hombre frunció las cejas, irritado, me volteó a ver en silencio. También yo guardé el silencio. Él no aguantó. Se enojó aún más.

— Es usted psicóloga, ¿cierto? Mmm. Entonces explíqueme, ¿qué hago con él?
— ¿Con quién?
— ¡Con mi hijo!
— ¿Qué es lo que tiene su hijo?

El hombre redondeó los ojos sorprendido por mi estupidez e incapacidad de leer pensamientos. Se volteó a ver a su esposa con la expresión: “¿De dónde sacaste a esta imbécil?”. Sin embargo, la esposa, mujer experimentada, siguió sentada sin levantar la mirada, y solo observando su rostro pálido pude entender que había gastado todas sus fuerzas para traer a su marido a esa consulta.

— No conoce límites. Mocoso. Tiene 14 años y se comporta como…
— ¿Cómo?
— Regreso a casa. Después del trabajo. Veo sus botas en la mitad del tapete. Le digo: “¿Hay algo que puedas hacer bien en esta vida? ¡Aunque sea poner tus botas en su lugar!”. Le había dicho mil veces que tenía que dejar sus botas en el mueble, pero no, el idiota no entiende nada. Piensa que las cosas son regaladas. Descompuso su móvil. No valora nada. No comparte nada conmigo. Es grosero con su mamá. No hace nada en casa. Y no le importan mis palabras. ¡Es un sinvergüenza! ¿Cómo me debo comportar con él? ¿Cómo puedo llevarme bien con él? ¡¡¡Usted es psicóloga, deme algún consejo!!! ¿Tiene una receta?
— Sí, tengo -le respondo, rompiendo todas las reglas de una consulta psicológica-.
— ¿Y tiene una solución?
— Sí -me sorprendo por mi insolencia aún más-.

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Existe un algoritmo de las consultas psicológicas. Especialmente si se trata de la primera. Y me habían enseñado que la primera consulta es para recolectar información, definir el problema y establecer el contacto. Es muy pronto para empezar con la terapia o dar alguna solución. ¿Por qué dije lo que dije?

— No sabe cómo hablar con su hijo y cómo llevarse bien con él, ¿es correcto?
— ¡Pues sí, es lo que le acabo de decir!
— Existe una solución, muy sencilla. Pero no sé si puede hacerlo -le expresé mi duda sincera-.
— ¡Dígame!
— No se trata de decir, se trata de hacer.
— ¿Qué debo hacer?
— ¿Cómo se llama su hijo?
— Antonio.

Aquí me volví aún más insolente (mis colegas psicólogos me entenderán), saqué una hoja de papel, un marcador y escribí: “hijo Antonio, 15 años”, puse la hoja en el rincón más lejano del consultorio y le pedí al hombre que se imaginara a su hijo de pie sobre el papel.

— ¿Puede verlo? -le pregunté-.
— Sí.
— Y ahora acérquese lentamente a la hoja, ubíquese encima de ella e imagínese que usted es él.

Con una duda aparente reflejada en su rostro lo hizo. Cerró los ojos.

— Ahora dígame, ¿qué siente?
— Una soledad terrible. Un nudo en la garganta. Quiero llorar.
— ¿Por qué?
— Por resentimiento. Todos me molestan, se burlan de mí. No les gusta esto o aquello… No tengo ganas de vivir. Todo el mundo me ve como si fuera un tonto.
— ¿Quién te ve así?
— Pues todos.
— ¿Quiénes son todos?
— Mi papá.
— ¿Y cómo te gustaría que se comportara contigo?
— Que me alabe de vez en cuando. Que me pregunte cómo me va. Que no me grite. Que… esté orgulloso de mí.
— Respire profundo y salga de la hoja.

El hombre, sin decir nada, se acercó a la silla, se sentó. Silencio total. La mujer se secaba las lágrimas.

— Lo entendí todo -susurró el hombre-. Ahora lo entiendo todo. De niño yo me sentía igual. Solo escuchaba reproches de mi padre. Y ahora me comporto igual que él. Ya lo entiendo. Gracias.

Sus ojos y los ojos de su esposa eran verdes. Sus miradas se volvieron más despejadas. Y sus orejas me parecieron conmovedoras y bondadosas…

La consulta duró 18 minutos. La primera vez en mi vida.

Autor Yekaterina Savinova