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Published On: Sun, Dec 11th, 2016

Niña llega a casa con malas noticias. La mamá ve que su “peor pesadilla” se está haciendo realidad

Leslie Blanchard es una madre de 5 hijos fuera de lo común y, la verdad, ejemplar. En los textos que escribe en ‘A Ginger Snapped‘ muestra que como cualquier otra mamá se preocupa por sus hijos, pero no exclusivamente si usan suéter cuando hace frío o si tienen una buena alimentación, aunque esos factores son importantes, ella va más allá pues analiza las interacciones sociales de sus hijos con los demás.

Algunos pensarían que es una madre sobreprotectora que les quiere arreglar la vida a sus pequeños, pero es todo lo contrario. Busca enseñarles a ser tolerantes y abiertos, por eso es que cuando su hija rechazó a una compañera, Leslie se alarmó y decidió actuar. 

Leslie a la izquierda / A Ginger Snapped

Un texto que la madre publicó en el sitio The Huffington Post está siendo ampliamente difundido por la forma en que ella abordó el caso y la lección que marcó a su hija para toda la vida. Te lo compartimos a continuación:
Nunca olvidaré el día en que mi hija me contó que Bethany, una niña de su clase de cuarto de primaria, la estaba molestando.

“¿Qué te hace?”, pregunté, instintivamente protectora.
“¡Me sigue por el patio y se sienta a mi lado en la comida!”, me respondió, como si esa frase lo explicara todo o fuera a hacer que me pusiera de su parte.

¿Quieres decir que está intentando ser tu amiga?“, pregunté, incrédula.

Me di cuenta inmediatamente de que tenía un problema delante de las narices. Estaba criando a mi peor pesadilla. En medio de mis cinco hijos, estaba mi hija: carismática, pícara, alegre, atlética, rebosante de autoestima, rubia, de piernas largas y, aparentemente, la que molestaba a otra niña que no había tenido tanta suerte de ser como ella. Por desgracia para mi hija, su propia madre fue como Bethany en primaria. Mi padre era militar, tenía la cara llena de pecas y el pelo enmarañado, siempre era la nueva que pedía un amigo a gritos y que se sentía atraída por la seguridad de niñas como mi hija. Esta conversación me dejó debatiéndome entre sentirme furiosa o triste, pero había algo de lo que estaba segura: mamá iba a demostrar con hechos algo que llevaba defendiendo con palabras todos estos años.
Al principio batalló con su hija:
A la mañana siguiente, mi casa se convirtió en una batalla entre dos fuerzas muy tercas. No fue agradable, pero me impuse. Mi hija iba a un colegio católico privado, en el que ella y su grupo eran populares. Llamé por teléfono a la madre de Bethany esa misma tarde y mis miedos se confirmaron. Mi hija y sus amigas intentaban de todo para deshacerse de la molesta Bethany.
Estoy segura de que habrá padres y madres que pensarán que reaccioné exageradamente, pero yo creo que tenemos que enfrentarnos a la epidemia de bullyingque nos asola de raíz; y, para ello, tenemos que redefinir el concepto. Para mí, el rechazo y la completa falta de interés que mi hija y su grupito demostrado hacia Bethany, era el sutil comienzo de un tipo de bullying. Lo cierto es que (por lo que me confirmaron la madre de Bethany y los profesores) no había crueldad pública ni motes ofensivos de por medio, solo rechazo; una falta de interés total en alguien que habían asumido que no tenía nada que ofrecer. Después de mis experiencias de la infancia y de criar a cinco hijos, me he visto en todas las facetas de la dinámica social del bullying y estoy convencida de que así es como empieza. Con la evaluación trivial y el descarte rápido de alguien nuevo.

En mi opinión, a nuestros hijos podría servirles que tuviéramos con ellos una charla sobre el darwinismo social y sobre lo que motiva a los seres humanos a aceptar o a rechazar a los demás. Pasa a cualquier edad y en cualquier etapa de la vida, independientemente de la raza o la religión. Se basa en nuestro propio miedo al rechazo y nuestra falta de confianza. Todo el mundo compite para conseguir un buen puesto en la cadena alimentaria social. Me siento como si hubiera experimentado un éxito demostrable con mis hijos por haber puesto esta dinámica sobre la mesa. Es necesario que los padres llamen a las cosas por su nombre, que hablen alto y claro y que arrojen luz sobre los asuntos más feos. Tenemos que admitir ante nuestros hijos que nosotros también lo experimentamos, incluso siendo adultos. Por supuesto que es tentador quedar bien o adular a alguien que se encuentre un par de niveles por encima de ti en la pirámide social, pero todo el mundo merece nuestra atención y nuestro máximo respeto. A pesar de esto, tenemos que recordar constantemente a nuestros hijos y a nosotros mismos que todo el mundo puede aportarle un valor inesperado e imprevisto a nuestra vida. Pero, para eso, tenemos que dejarlos.

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No basta con enseñar a los niños a “portarse bien”. Hay que ser un poco más específico. Los niños piensan que si no están siendo abiertamente crueles, se están portando bien. Nosotros sabemos más. Atemos cabos. Expliquémosles el instinto de supervivencia del darwinismo social que motiva y lidera sus impulsos. Te aseguro que podrán digerirlo. De hecho, ya lo están viendo de un modo u otro. Simplemente, necesitan que sus padres se lo expliquen y les propongan una dirección alternativa.
Le pidió que conociera a Bethany:
En el caso de mi hija, le enseñé que tiene que invertir algo de tiempo y energía en conocer a Bethany. Le ordené que cuando llegara a casa al día siguiente me contara tres cosas geniales que hubiera descubierto de Bethany y de las que antes no se hubiera dado cuenta. Mi hija no quería hacer lo que le había pedido. Y yo tampoco cedí. La mañana siguiente, me negué a llevarla en coche al colegio hasta que accedió. Parecía que, por lo menos hasta ahora, yo tenía el poder (y las llaves del coche). Como se resistió, nos dio tiempo a hablar del darwinismo social. Le expliqué mi “analogía del cajero automático”. Le expliqué que ella tenía ahorros de sobra en el banco social. Así que podía sacar algo para darle a esta chica, arriesgando muy poco.

“¡Invirtamos!”, la animé, entusiasmada.

Se vistió de mala gana y la llevé en coche al colegio. Tuvo un buen día (lo que quedaba de día), pero todavía estaba molesta conmigo cuando fui a buscarla yme dijo que las madres de sus amigos “no se metían en esos asuntos”y dejaban a sus hijos “elegir a sus propios amigos”. (Qué mujeres tan sabias). Y después me dijo tres cosas geniales de Bethany de las que no se había dado cuenta antes.
Llamé a la madre de Bethany por teléfono dos semanas después. Es lo que se llama hacer un seguimiento. (No creo que muchos padres lo hagan. Nos limitamos a “sobrevolar” las necesidades de nuestros hijos en lo que se refiere a ropa, nutrición, sueño, higiene y trabajos manuales del colegio y luego nos enorgullecemos de lavarnos las manos en lo que a temas sociales respecta. Ojalá me dieran un dólar por cada vez que me gustaría decir “¿En serio? ¿Le haces todo a tu hijo, pero en ESTO no te vas a meter?”. Está claro por qué hay tan poca responsabilidad y por qué la cultura del bullying está tan extendida). La madre de Bethany me aseguró que su hija se había sentido bienvenida
Y este fue el resultado:
La familia de Bethany se mudó unos años más tarde. Mi hija lloró cuando sus caminos se separaron. Y todavía siguen en contacto gracias a las redes sociales. Era y sigue siendo una chica muy genial con mucho que ofrecer a los demás. Pero la que más ganó de esta experiencia fue mi hija. Ahora va a la universidad y tiene un grupo de amigos muy diverso. Es amable, le gusta incluir a todo el mundo y está abierta a todo tipo de personas. Cuando era maleable yo estaba ahí para guiarla:

– Aprendió que la primera impresión no siempre es acertada.

– Aprendió que podía ser amiga de la persona más inesperada; las mejores amistades no tienen por qué ser “tu tipo”. En el ámbito de la amistad, el contraste suma puntos.

– Aprendió que hay veces, en un marco social determinado, en las que estás en posición de retirar parte de tus fondos para ayudar a alguien. Que hay que ser generoso e invertir. Tiene sus beneficios.

Pero lo más importante es que aprendió que, aunque no me preocupo mucho por sus manualidades del colegio, por si es intolerante a la lactosa o por si lleva el pelo enredado, me preocupo de que trate bien a la gente.

Padres: nuestros hijos en algún momento desarrollarán el sentido común suficiente como para ponerse una chaqueta si hace frío y para comer verdura, invirtamos nuestra energía en guiar sus interacciones con la sociedad. Si insistimos en seguir sobrevolando superficialmente las vidas de nuestros hijos, por lo menos, hagámoslo en las áreas adecuadas.
El escrito le deja a todos los padres una increíble lección, guiar a los hijos para que sean tolerantes y receptivos. Una educación como esta, sin duda podría evitar muchos de los problemas que vive la sociedad actualmente. Vale la pena comenzar a actuar.

Fuente:upsocl.com